
España, camisa blanca (ayer tenía que ser roja) de mi esperanza, se ha vuelto loca. Dan igual todos los demás asuntos, incluyendo aquí lo que a uno le apetezca, desde las hipotecas a los toros, pasando por hecatombes mundiales o cualquier otro titular nefasto.
El resultado de anoche en la Eurocopa colapsa las páginas de la prensa de hoy y los informativos radiofónicos, televisivos, cibernéticos y de otras índoles, monotemáticos todos ellos sobre el 1-O contra Alemania que dio la victoria a un país a mitad camino entre la paranoia y la esquizofrenia colectiva, que ya es decir.
A mí no me gusta el fútbol, mucho menos los fanáticos (casi todo hombres) que atiborran las gradas, ni las conversaciones de lunes con los resultados del fin de semana, ni las astronómicas cifras que se pagan por fichajes, ni las ilusiones que los muchachos ponen en llegar a ser como sus astros predilectos el día de mañana, ni los anuncios de televisión que nos han llenado el seso durante los últimos días, que parecía que nos iba la vida en ello, es decir, en la final de las finales, en la gran fanfarria; ni las pantallas por doquier para ver en grandes multitudes el paso del balón en el olimpo de los dioses. No me gusta nada.
El resultado de anoche en la Eurocopa colapsa las páginas de la prensa de hoy y los informativos radiofónicos, televisivos, cibernéticos y de otras índoles, monotemáticos todos ellos sobre el 1-O contra Alemania que dio la victoria a un país a mitad camino entre la paranoia y la esquizofrenia colectiva, que ya es decir.
A mí no me gusta el fútbol, mucho menos los fanáticos (casi todo hombres) que atiborran las gradas, ni las conversaciones de lunes con los resultados del fin de semana, ni las astronómicas cifras que se pagan por fichajes, ni las ilusiones que los muchachos ponen en llegar a ser como sus astros predilectos el día de mañana, ni los anuncios de televisión que nos han llenado el seso durante los últimos días, que parecía que nos iba la vida en ello, es decir, en la final de las finales, en la gran fanfarria; ni las pantallas por doquier para ver en grandes multitudes el paso del balón en el olimpo de los dioses. No me gusta nada.
Pero durante el día de ayer me comporté como si pensara todo lo contrario.